A la violencia se le plantó el orgullo. A la matonería le ganó el sentimiento. Al bolsillo lo descuartizó el corazón. Al apriete lo venció la historia. A las ratas se las carcomió la pasión, y a los terrores los aplastaron las convicciones. El final se acerca, la liberación también. El gigante despegó un ojo, se acomodó, echó una sonrisa al aire y pidió más unión. Porque él, él más que nadie sabe, que la unión hace la fuerza. No se lo contaron, lo forjó en su génesis, porque su tradición lo obligó a ser Independiente.
Sin una mano política, sin protección policial ni seguridad garantizada, los hinchas/socios autoconvocados se pararon en la tribuna Sur, sacudieron sus gargantas y brotaron de albor a Independiente. Le dieron vida con su valentía, le mostraron la luz al final del túnel y dejaron al desnudo que “El Rojo” es un club tomado, más allá que su presidente, junto a sus secuaces, se encargue una y otra vez de desmentirlo. Los apañan, de lo contrario, no tendrían la libertad para moverse de un lado a otro, de copar cada sector del estadio. Un gran trabajo de los organismos de seguridad, que dejaron entrar facas al Libertadores de América. Pero ningún adicto del bolsillo podrá aplacar las voces del verdadero hincha de Independiente.
El futuro llegó para quedarse, porque no hay crisis ni abismo que no se puedan doblegar hasta vencer. Los hinchas genuinos, esos que pagan de su bolsillo su entrada, que fabrican con amor su bandera, que juntan billete por billete para seguir al “Rojo” a donde sea sin depender de nada ni de nadie, la sufrieron, se las vieron negras. Pero pusieron el pecho por Independiente. Sólo por ese sentimiento, el más puro y fiel que existe entre cada célula de nuestro cuerpo.
Porque estos mismos imbéciles, cagones que le pegan a sus propios hinchas por órdenes de ineptos, mediocres y desalmados, desconectaron y taparon cámaras de seguridad para otra vez agredir a quienes muchas veces compartieron la tribuna con ellos. La tragedia rozó el Libertadores permanentemente, por culpa de quien le dio poder a estas ratas inmundas que inundaron el club, que lo tomaron y lo despojaron de sus raíces, que le sacaron el sentido de pertenencia hasta el más fanático. Hasta amenazaron a una embarazadas, hubo desmayos, corridas, facas al aire y provocaciones. Pero esta vez, las lacras no pudieron con la fidelidad del hincha. Porque nunca sintieron un sentimiento…jamás. Y de ningún modo podrán hacerlo. De la traición no se vuelve.
Este 7 de septiembre podría catalogarse como el día del resurgimiento de Independiente, de la reconstrucción de uno de los clubes más importantes del mundo. Porque sus socios e hinchas entendieron que el miedo no podía vencerlos. Ellos, empeñados en despertar al gigante, hicieron de sus voces el canto más fiel. Y ese sonido, devoto, penetrante y conmovedor, le hizo una caricia a la historia. Nacimos con la gloria bajo el brazo, con historias de batallas ganadas en cualquier parte del mundo. Crecimos con esa esencia, la de las copas. Alguna vez, los nietos de nuestros forjadores del sentimiento, o los propios, sabrán que hubo gente que le devolvió la vida al club. Ahora, más unidos que nunca, vamos por más. Sin banderas políticas, ni blancos predilectos. Sólo por y para Independiente. Él merece, debe y volverá a ser el que fue.
Sin una mano política, sin protección policial ni seguridad garantizada, los hinchas/socios autoconvocados se pararon en la tribuna Sur, sacudieron sus gargantas y brotaron de albor a Independiente. Le dieron vida con su valentía, le mostraron la luz al final del túnel y dejaron al desnudo que “El Rojo” es un club tomado, más allá que su presidente, junto a sus secuaces, se encargue una y otra vez de desmentirlo. Los apañan, de lo contrario, no tendrían la libertad para moverse de un lado a otro, de copar cada sector del estadio. Un gran trabajo de los organismos de seguridad, que dejaron entrar facas al Libertadores de América. Pero ningún adicto del bolsillo podrá aplacar las voces del verdadero hincha de Independiente.
El futuro llegó para quedarse, porque no hay crisis ni abismo que no se puedan doblegar hasta vencer. Los hinchas genuinos, esos que pagan de su bolsillo su entrada, que fabrican con amor su bandera, que juntan billete por billete para seguir al “Rojo” a donde sea sin depender de nada ni de nadie, la sufrieron, se las vieron negras. Pero pusieron el pecho por Independiente. Sólo por ese sentimiento, el más puro y fiel que existe entre cada célula de nuestro cuerpo.
Porque estos mismos imbéciles, cagones que le pegan a sus propios hinchas por órdenes de ineptos, mediocres y desalmados, desconectaron y taparon cámaras de seguridad para otra vez agredir a quienes muchas veces compartieron la tribuna con ellos. La tragedia rozó el Libertadores permanentemente, por culpa de quien le dio poder a estas ratas inmundas que inundaron el club, que lo tomaron y lo despojaron de sus raíces, que le sacaron el sentido de pertenencia hasta el más fanático. Hasta amenazaron a una embarazadas, hubo desmayos, corridas, facas al aire y provocaciones. Pero esta vez, las lacras no pudieron con la fidelidad del hincha. Porque nunca sintieron un sentimiento…jamás. Y de ningún modo podrán hacerlo. De la traición no se vuelve.
Este 7 de septiembre podría catalogarse como el día del resurgimiento de Independiente, de la reconstrucción de uno de los clubes más importantes del mundo. Porque sus socios e hinchas entendieron que el miedo no podía vencerlos. Ellos, empeñados en despertar al gigante, hicieron de sus voces el canto más fiel. Y ese sonido, devoto, penetrante y conmovedor, le hizo una caricia a la historia. Nacimos con la gloria bajo el brazo, con historias de batallas ganadas en cualquier parte del mundo. Crecimos con esa esencia, la de las copas. Alguna vez, los nietos de nuestros forjadores del sentimiento, o los propios, sabrán que hubo gente que le devolvió la vida al club. Ahora, más unidos que nunca, vamos por más. Sin banderas políticas, ni blancos predilectos. Sólo por y para Independiente. Él merece, debe y volverá a ser el que fue.

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