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| Gentileza InfiernoRojo.com |
No hacés otra cosa que pensar en el clásico, de imaginarte el domingo. Sólo pasa por tu cabeza un grito de desahogo allá por las seis de la tarde. Sobrevuelan, claro, esos fantasmas oscuros en caso de un tropezón con “estos muertos”, como te gusta llamarlos cada vez que te referís a ellos. Pero si fueron una empresa, estuvieron en
La semana acumula seis noches antes del clásico, pero vos soñás el partido mil veces. Te lo imaginás con la luna puesta en el cielo, a la mañana, al mediodía y mientras tu jefe te pide algo en el laburo. “No me jodas”, pensás. La vuelta del laburo a casa es pensar sólo en el partido, es enfermarte hasta que ponés la cabeza en la almohada y la historia empieza a iniciarse de nuevo. El clásico es un círculo vicioso que se extiende por una semana más luego de terminado. Porque luego del resultado final hay dos opciones: regar cada lugar que transitás con tu aire sumiso y sobrador, o quedarte en el molde, aceptar la derrota y guardar, con todo el orgullo del mundo, tus palabras vacías de alegría.
”No vieja, no la planches, dejala así”, gritás, mientras le sacás la camiseta de las manos y te la ponés. Ella muta en tu piel, se hace carne, se transforma en sangre de tu sangre. Se reavivan los colores en tu cuerpo. Sentís esa adrenalina, ese sentimiento que estalla en cada célula de tu cuerpo. No sos vos, es Independiente que se metió en tu cuerpo. De tu boca se escapa un resonante: “…que esta tarde, cueste lo que cueste, esta tarde tenemos que ganar…”. Escuchás la bocina, son los pibes que te pasaron a buscar, envueltos en banderas. Es la hora, llegó el momento: el amor de tu vida te espera, vas hacia él. Por otro clásico, por otra alegría; VAMOS INDEPENDIENTE!













